por Antón Fernández de Rota
Universidade da Coruña
TEMBLORES DE LA GENERACIÓN X
Varios cientos de miles de estudiantes, investigadores y profesores se levantaron en el 2001 contra infamia a lo largo del Estado Español. La LOU no era algo nuevo, sino una implementación de otras políticas universitarias neoliberales experimentadas durante los años ochenta: serían dos buenos ejemplos de ello las Reaganpolitics en los Estados Unidos, o de un modo más cercano, la política académica de la Dama de Hierro inglesa. A finales del 2001, en A Coruña, la ciudad donde estudiaba, la práctica totalidad de las facultades de la universidad terminaron por ponerse en huelga, algunas lo estuvieron durante tres meses. Como en el resto de las ciudades, los universitarios se organizaron de forma asamblearia y descentralizada, al modo autónomo, con independencia de los partidos y los sindicatos. En el punto álgido de la protesta, dos enormes manifestaciones, una que bajaba del Campus de la Zapateira y otra que salía del Campus de Elviña, se juntaron en Alfonso Molina: más de cinco mil estudiantes tomaron la avenida en su marcha hacia la ciudad, poco después de que se manifestasen varias decenas de miles en la capital gallega y varios cientos de miles en la capital del estado.
Hace escasos días, cerca de 50.000 estudiantes, investigadores y profesores ocuparon diversas facultades italianas y marcharon contra las medidas que Berlusconi ha decido imponer, en línea con aquella ley neoliberal del 2001 y con el actual Plan Bolonia que ha sido diseñado a escala europea. Los 50.000 en Milán, precedidos por una manifestación que aglutinó a 10.000 personas en Roma, y seguida por otra en Venecia donde se daban cita 15.000, volvían a recordar estas manifestaciones anti-LOU así como las multitudinarias movilizaciones estudiantiles, las de 1996 y las que diez años después, a comienzos del 2006, juntaron a cientos de miles en Francia en contra del Contrato de Primer Empleo, justo un par de meses después de la insurrección incendiaria de las banlieus de la metrópolis postcolonial parisina.
Se esboza aquí la siguiente hipótesis: más allá del pretendido “fin de la historia” neocon y neoliberal de los años noventa, un nuevo protagonismo social[1] está emergiendo en la postmodernidad, y lo hace de una manera novedosa, en plena crisis de la representación, más allá de cualquier política de partido o sindical, bajo la forma de la política de movimiento. Este nuevo protagonismo social tiene su propia genealogía. La suya es la generación post-socialista, la generación del post de la Guerra Fría. Se trata de la generación que empieza a dejar atrás la maldición de la Generation X. Los psicóticos libros de Bret Easton Ellis, con sus recurrentes retratos de la vida yuppie, o la película Reality Bytes, en la cual Winona Ryder representa la vida de los knowledge workers precarios sin expectativas ni capacidad antagonista, dan paso a una realidad distinta. Diríase que esta nueva realidad tiene más que ver con El Club de la Lucha que con las obras anteriores.
COGNITARIADO Y CAPITALISMO CREATIVO.
Existe en el libro de Palahniuk, escritor y activista contracultural, una descripción de la nueva clase leída en términos generacionales. En El Club de la Lucha se dan cita abogados y contables, administradores de polizas de seguros y trabajadores del audiovisual, estudiantes universitarios con futuros inciertos, camareros, cajeros, telefonistas, en definitiva, el post-proletariado, los trabajadores biopolíticos que ya no trabajan tanto con los músculos como con el cerebro, el lenguaje y el sistema nervioso, y cuya producción central es la que guarda relación con los afectos, la imaginación, el lenguaje y la creación de relaciones sociales. “Nuestra generación no ha conocido una gran guerra ni una gran crisis, pero nosotros sí que estamos librando una gran guerra espiritual” –escribe Palahniuk sobre una Generación X en vías de dejar de serlo- “Somos los hijos medianos de la historia, educados por la televisión para creer que un día seremos millonarios y estrellas del cine y estrellas del rock, pero no es así”.[2] Ahora bien, mientras que en El Club de la Lucha la situación estalla en una especie de semi-fascismo, una Burocracia del Caos terrorista representada por el Proyecto Mayhem que desea borrar el regimen de la deuda, que como diría Nietzsche, desde tiempos ancestrales traza la genealogía que desembocará en el capitalismo,[3] os movimientos sociales contemporáneos, en cambio, y aún cuando se muestren ambivalentes,[4] tienden a crear procesos con los que el antagonismo se expresa de la forma más democrática conocida, inventando nuevas formas de democracia, más allá de la representación y la subsunción por el capital. [5]
Existe otro problema con El Club de la Lucha: su definición de la clase social. La novela presenta la centralidad del “sector servicios” definiéndolo de un modo demasiado amplio y abstracto y sin atender a sus diferencias internas. Algo parecido ocurre con la definición de clase propuesta por Richard Florida en su apelación a la creative class. Florida establece una tipología dividida en cuatro partes: el leadership del pensamiento, la clase supercreativa, los científicos, docentes universitarios, artistas, diseñadores, etc., que abarcarían el 12% de la fuerza de trabajo; el 20% estaría compuesta por los profesionales creativos implicados en las industrias high tech y los servicios financieros; un 43% entraría dentro de la clasificación de la service class; el 25% restante correspondería a la tradicional working class, ahora definida en términos postfordistas. Según Florida, las metrópolis con mayor crecimiento económico son las que incentivan la labor de las clases creativas, invirtiendo en lo que denomina Global Creativity Index, que es la suma de tres variables post-1968, a saber: las tres “T”, las (nuevas) Tecnologías, el Talento y la Tolerancia, como motores de la economía del capitalismo creativo.[6]
Aún cuando el análisis del capitalismo creativo acierta en señalar un cambio drástico en la economía y sus impulsos, existe una serie de problemas con los argumentos de Richard Florida. Su teoría de la creative class parece obviar o minusvalorar dos elementos no menos decisivos en la producción del crecimiento económico capitalista, y que si guardan relación con la tolerancia tan sólo lo hacen bajo la forma de la tolerancia al estrés nervioso y a la explotación vital, esto es: la precariedad postfordista y lo que con Foucault podríamos denominar la “empresarialidad de sí mismo”.[7] El neoliberalismo es antes que nada una producción de trabajadores que al mismo tiempo que trabajadores tienden a ser empleadores de otros y financieros de sí mismos en un contexto de precariedad flexible. A la par que la economía “doméstica” se financiariza y le exige al trabajador una labor de especulación con su propio capital (con créditos, hipotecas, acciones bursátiles, incluso especulación inmobiliaria), y a la vez que emerge una nueva figura, la del “empleador/empleado”, que a menudo para desarrollar trabajos temporales ha de contratar (en papel o en “negro”) a otros, presenciamos también unas nuevas modalidades de trabajo precario. Este tipo de empleos han sido clasificados como “formas de trabajo atípicas”, pero en la actualidad lo atípico se ha convertido en la norma, también en el Estado Español, el país de la Unión Europea con una mayor tasa precariedad. Es así que la precariedad laboral y vital se convierte en un elemento estructural de la nueva economía a partir del cual se derivan una serie de cortes dentro de las propias clases creativas.
Otra serie de cortes se producen en su relación con la propiedad. En este sentido, problematizando la definición de Richard Florida, McKenzie Wark distingue entre la clase hacker (la clase creativa, los que transforman y producen nuevos códigos) y la clase vectorial. Esta última no produce nada sino que se limita a controlar, regular, privatizar e implantar patentes sobre los distintos vectores a partir de los cuales se efectúa la producción creativa y su distribución.[8] Para el mundo del arte y la música la fundación privada SGAE sería un buen ejemplo de esta clase vectorial que succiona y patenta la productividad creativa de miles de artistas a los cuales no se les otorga ningún tipo de reconocimiento, y que incluso se les obliga a pagar cuotas sin ver jamás ninguna devolución monetaria por los derechos y cánones que gestiona la SGAE (en esta situación estaría más del 90% de los socios).
Esta misma problematización puede ser llevada más lejos al redefinir el concepto de creatividad, que es leída por Florida en sus acepciones de tipo artístico e intelectual, y al desplazarla hasta una acepción de corte político-ontológico. Como sostiene Naomi Klein en su conocido No Logo, no existe una mayor creatividad en la labor de los publicistas que venden la marca que en los consumidores a los que ésta va dirigida. A menudo los publicistas se limitan a captar la jerga de su target de consumidores, se limita a re-empaquetar sus anhelos y sus expresiones culturales, como ocurre con la captura por parte de los cool hunters de Nike de la jerga callejera o el estilo hip hop.[9] La función de toda una legión de investigadores sociales (cool hunters, analistas de mercado, de opinión de voto, etc.) es ésta: captar la dinámica de la creatividad social para lograr vender sus productos mercantiles y políticos. La cualidad polítco-ontológica de la creatividad social excede cualquier tipo de mediación según los criterios tradicionales de la Ley del Valor, mesurada en función del tiempo/lugar de trabajo. Cuando la centralidad de la valorización del capital guarda relación con lo cultural, lo semiótico y lo simbólico, la clase ontológico-políticamente creativa sita en la centralidad del proceso productivo se desterritorializa de los lugares de trabajo y sus confines: es la vida en general, más allá del lugar/tiempo de trabajo, la que es puesta a trabajar, produciendo directamente de un modo colectivo, por proliferación en red, como en la producción semiótica y relacional que se efectúa en el ciberespacio. Es esta creatividad social, que excede los lugares de trabajo y la propia tipología de Florida, la única forma que pueda captar el ejercicio actual de la creative “class”, y es entonces además que puede ser aprehendida dentro de las relaciones de antagonismo.
Pero existe un último problema con las teorías de Florida y su definición de la clase social. Alberto Nicola, Venedetto Vecchi y Giggi Roggero critican la definición de Florida desde una perspectiva composicionista. Desde este punto de vista la clase es siempre algo más que un dato “objetivo” o una posición dentro de una estructura político-económica. La clase se compone a través de distintos vectores. Es construida a partir de las luchas y los procesos de subjetivización, incorporando en su definición las variables culturales y los deseos.[10] Este algo más es lo que imposibilita hablar todavía de una creative class antagonista, pero que no obstante se comienza a insinuar hoy en las distintas luchas cognitarias y precarias.
Hablábamos antes de un nuevo protagonismo social que comienza a dejar atrás a la Generación X. Con Antonio Negri y Paolo Virno, retomando para la ocasión un viejo concepto de Spinoza, llamamos a este nuevo protagonista social la Multitud. La radicalidad política en la postmodernidad pasa por la siguiente proclama y promesa insinuada empíricamente en los pliegues de la contemporaneidad: ya no más masas dirigidas bajo el partido-vanguardia o el sindicato unitario, sino multitudes ingobernables, jamás reducibles a la Unidad, pues su deseo es siempre de diferencia. De la burocracia a la red. Del plan quinquenal de la verticalidad unitaria a la proliferación rizomática de multiplicidades insospechadas. He aquí la generación post-1968. Eso es la multitud. La Multitud creativa, precaria y metropolitana manifiesta la potencia con la que se insinúan los contornos de una nueva clase social, con nuevas aspiraciones y deseos. Para nuestro caso, siguiendo a Franco Berardi, la llamaremos el cognitariado.[11] Fue un segmento del cognitariado lo que descendió del Elviña y la Zapateira, y lo que se manifestó en París, Roma y Milán; es decir, los estudiantes/trabajadores del conocimiento en precario, aquellos para los cuales sus propios cuerpos y cerebros son ya los “medios de producción”, son ya la propia “fábrica”, pero que, aún cuando llevan la riqueza dentro de sí y toman sus órganos como medios de producción materiales, son interpelados por múltiples formas de precariedad y sometidos a los procesos de patentización (expropiación mediante la privatización) de sus cuerpos y de sus cerebros. Esta multitud cognitaria, en plena crisis financiera global, exclama hoy una y otra vez: Non pagheremo la vostra crisi! Es aquí donde emerge una clase monstruosa, jamás reducible a la uniformidad de la masa, heterogénea y políglota; es aquí donde puede componerse subjetivamente la clase creativa en tanto que clase antagonista.
La clase que se empieza a insinuar en las luchas no tiene ya nada que ver con la Winona Ryder de Reality Bytes. Su mordedura de la realidad parece desplazar el símbolo. Yomango, una red de colectivos que practica lo que se ha venido a llamar la “guerrilla de la comunicación” han sabido captar el desplazamiento. Yomango se dedica a robar pública y colectivamente en grandes superficies comerciales.[12] En Buenos Aires robaron botellas de champán mientras bailaban un tango. Con los productos reapropiados realizan finalmente grandes fiestas populares, reactualizando la figura de Robin Hood, del mismo modo que Enric Durán, otro Robin Hood, en este caso un activista de los centros sociales barceloneses, en plena crisis económica estafó cerca de 500.000 euros a distintas entidades bancarias para distribuirlas entre los movimientos de la multitud que combaten la crisis de la vivienda y la precariedad.[13] Estos movimientos, tanto la península itálica como en la ibérica, repiten una vez una misma advertencia: “No vamos a pagar nosotros vuestra crisis” –con este mismo título circula hoy por la red un email convocando movilizaciones contra la cumbre organizada por “G-20” para trazar un plan global neoliberal contra la crisis financiera que el propio neoliberalismo ha propiciado. Con este grito se vuelve a desplazar el símbolo generacional. Irónicamente, en uno de los libros editados por Yomango aparece en la portada Winona Ryder, conocida cleptómana, que por un acto situacionista de detournament anima al lector a reproducir la lógica Yomango, es decir, a reapropiarse de lo que a uno le ha sido expropiado y pasar a la acción superando la maldición de la Generación X.
ESTATALISMO NEOLIBERAL Y UNIVERSIDAD-EMPRESA
Habitualmente se suele decir que el neoliberalismo no es otra cosa que el vaciamiento del Estado (de Bienestar) y el desplazamiento de sus cometidos y funciones hacia las grandes empresas transnacionales. Esto es sólo una parte de la verdad. El neoliberalismo no sólo supone una subsunción del Estado en la corporación transnacional sino también un nuevo regimen de gubernamentalidad fuertemente estatalista. Naomi Klein ha dado buena cuenta de ello en su bestseller La doctrina del shock.[14] A propósito de América Latina o el Sureste Asiático, dos de los principales laboratorios neoliberales, sostiene que tal regimen económico tan sólo fue posible a costa de aplastar la resistencia bajo formas autoritarias o incluso dictatoriales. Pinochet en Chile, las dictaduras argentinas o uruguayas, Panamá con y después de Noriega, la Indonesia de Suharto, todos ellos conforman una galaxia de ejemplos iluminadores. En otras zonas esta imposición no ha requerido medidas tan extremas, pero tampoco ha podido efectuarse sin una serie de recortes de libertad y endurecimientos de los códigos penales, creando una Cultura del Miedo, utilizando para ello los estereotipos en torno a los migrantes, los homosexuales, los yonquis o los terroristas para crear así chivos expiatorios con los cuales justificar una serie de medidas impositivas que finalmente atañen al conjunto de la población. Este es el caso de la Italia en la cual vuelve a eclosionar hoy el movimiento de la multitud en institutos y universidades. Tras el derrumbamiento del gobierno Prodi, con la vuelta de Berlusconi han sido implementada una durísima política, primero contra los migrantes, y ahora para privatizar las universidades. Estas imposiciones han sido precedidas por la promulgación de un nuevo regimen de opresión muy visible. Roma está completamente tomada por miles de policías y miles de carabinieri armados con metralletas. Mientras paseas delante del Coliseo y la Piazza Navona ves pasar una y otra vez autobuses militares y cuadrillas haciendo patrulla. A pesar de su desaprobación por parte los organismos internacionales, los militares han tomado la calles, según Berlusconi con el fin de combatir distintos delitos y para tratar con las cuestiones relacionadas con las “materias en inmigración”. También han sido presentadas como una ayuda a la guerra contra el terrorismo. De esta manera, mientras los militares son utilizados para reducir a los migrantes y patrullan las calles temerosos de Al Qaeda, una red conocida por su pericia a la hora de convertir aviones en armas de destrucción masiva, estos mismos aviones, en los que llega el capital turístico, sobrevuelan paradójicamente las cúpulas del Vaticano.
El neoliberalismo tampoco es una mera desregulación de la economía, como los socialdemócratas nostálgicos del Wellfare State desearían creer. Más bien significa un desplazamiento y una desviación de las medidas proteccionistas y del regimen de subsidios y subvenciones que caracterizaba el Wellfare State (Estado de Bienestar). Las medidas recaudatorias con la que la Social Democracia welfarista robustecía los presupuestos del Estado, para idealmente redistribuirlos socialmente a través del gasto público, ahora se destinan a las Empresas. Las medidas proteccionistas con las que el Wellfare intentaba fortalecer la economía nacional son ahora desviadas con el fin de empoderar y asegurar la dinámica de las grandes corporaciones. El neoliberalismo se trata de nuevo modo de proteccionismo y subsidio dedicado a proteger estatal y transnacionalmente (con la OMC, el FMI, el Banco Mundial, el G8, y ahora el G-20) y subvencionar a las grandes empresas multinacionales. La masiva “subvención” que otorgó Bush en septiembre de 2008 a las entidades financieras en crisis no se trata de ninguna excepción a la regla, sino de un ejemplo más del nuevo proteccionismo neoliberal. Las ayudas a las empresas para contratar a distintos “grupos de riesgo” laboral (mujeres, jóvenes, discapacitados, etc.) expresan este modus operandi neoliberal con el cual el Estado, con dinero público, subvenciona a las empresas ofreciéndoles un conjunto de trabajadores temporales y baratos (becarios, etc.) acompañados por distintos incentivos empresariales. En este punto no hay grandes diferencias entre la derecha y la social-democracia europea actual. Tanto el PP como el PSOE funcionan de la misma manera. No hay que olvidar que fue el propio PSOE quién legalizó el regimen de las Empresas de Trabajo Temporal y comenzó la vertiginosa reducción de los subsidios por desempleo, y en su lugar potenció los subsidios a las grandes empresas para hacerse con trabajadores baratos en prácticas. Fue también el PSOE quien, en consonancia con el ideario del PP, sigue ampliando estas medidas de proteccionismo y subsidio neoliberal a las grandes corporaciones, con la excusa de la ayuda a los jóvenes, las mujeres, etc.
La traducción al mundo universitario de las lógicas neoliberales hasta aquí expuestas se plasma en lo siguiente: el camino hacia una financiarización ya no sólo de la economía “doméstica” de los trabajadores sino también del estudiantado (en el futuro, atado con el Plan Bolonia a créditos suministrados por las grandes Bancas); creación de un nuevo tipo de universidad, la Universidad-Empresa, y financiarización de esta universidad (socavada su autonomía a través de la participación empresarial con los mal-llamados “Consejos Sociales”); imposición del eufemismo “formación continua” como régimen de continua dependencia a la Academia y las Empresas (trabajo temporal, necesidad de pagar una especialización permanente, etc.); imposición de la figura del “trabajador en prácticas” como nueva forma de asegurar largos periodos de trabajadores gratuitos o casi gratuitos (bajos salarios con desgravación fiscal); tecnocratización de los estudios y transformación de la Universidad en una fábrica-empresa que suministre el tipo de trabajadores deseados por el modelo neoliberal.
Con la LOU y con el Plan Bolonia se crea una nueva forma de gubernamentalidad universitaria neoliberal. Así como los planes de estudio se centralizan y verticalizan, y se redefinen en función de los requerimientos tecnocráticos, acontece lo mismo con el sistema de redistribución económica. El mundo de la investigación es un claro ejemplo. Con la reciente creación (tras la LOU, en el 2002) de la Agencia Nacional de Evaluación el modelo tatcherista avanza un paso. Bajo el regimen Tatcher se formaron agencias análogas. Su fin era redistribuir los presupuestos bajo el criterio de la eficiencia mercantil. Pero no se trataba simplemente de dinero: el corte de suministros al pensamiento crítico y el cercamiento de la resistencia eran perfilados como objetivos fundamentales. Con la excusa de la rentabilidad económica el gobierno Tatcher comandó una ofensiva contra una amplia gama de proyectos críticos y de izquierda en la universidad. Buen ejemplo de ello sería el proceso de acose y derribo al que fue sometido el prestigioso Center of Contemporary Cultural Studies de Birmigham. Si catalogamos la apelación a la eficiencia como una excusa es por lo siguiente: en el contexto actual existe una demanda creciente de trabajadores sociales (para trabajar con los distintos grupos clasificados como “de riesgo”: migrantes, mujeres, jóvenes, etc.), sin embargo lo que se enfatiza es una serie de trabajos anti-sociales, anti-productivos, o para decirlo en los términos de Wark, que posibiliten las funciones de las clases vectoriales. En Sociología, por ejemplo, la apuesta no va en la dirección del trabajo social sino por crear sociólogos que asesoren a las empresas y los políticos a la hora de “vender la moto” (encuestas de mercado, encuestas de opinión de voto), es decir, la fabricación de trabajadores que aseguren el funcionamiento de la gubernamentalidad (en las mascaradas mediáticas de la representación política) y de las grandes corporaciones (en las mascaradas publicitarias). Con ello se ve reducida la oferta de créditos que puedan plantear un pensamiento crítico, y formar profesionales para trabajos sociales, en virtud de una implementación de créditos de materias técnicas enfocados a la producción de trabajos de asistencia a las clases vectoriales. En otro orden de cosas, la misma lógica puede ser rastreada en la redistribución presupuestaria y los recortes económicos a las disciplinas académicas que no parecen encajar con los requerimientos del empresariado neoliberal (Historia, Filosofía, Antropología, Humanidades, Filología, etc.).
En este sentido la LOU y el Plan Bolonia pueden ser leídas como la generalización de aquello con lo que se había experimentado durante la era Tatcher. Pero los experimentos neoliberales son implementados en la universidad ahora que el propio neoliberalismo entra en crisis. Y entra en crisis por dos motivos. Como señala el economista Andrea Fumagalli, el neoliberalismo jamás ha sido capaz de estabilizarse. El lapso de tiempo entre crisis y crisis se ha reducido sustancialmente con su llegada al poder (en los últimos años: crisis de los Tigres Asiático, crisis de la New Economy, crisis argentina, crisis financiera global, etc.).[15] La segunda razón tiene que ver con el auge de las resistencias. La Batalla de Seattle no fue más que el pistoletazo de salida mediático de un movimiento que desde la insurgencia zapatista contra el neoliberalismo no había parado de manifestarse. Este movimiento fue llamado “movimiento antiglobalización”, y fue reducido a una serie de contra-cumbres (Seattle, Praga, Barcelona, Génova… hasta llegar a la batalla de Rostock del año pasado). Sin embargo, el movimiento global contra el neoliberalismo no se agota en esta serie de eventos. Del mismo modo que las revueltas en Argentina o Filipinas del 2001 o las ingentes movilizaciones que en la India deben conceptualizarse como parte de este movimiento global, ha de hacerse lo mismo con todo el ciclo pasado de movilizaciones en el Estado Español (LOU, Prestige, huelgas generales, contra-cumbres contra la “Europa del Capital”, movimientos por la vivienda digna, etc.) y del cual las manifestaciones contra la guerra no serían sino el punto álgido de la movilización. Una movilización novedosa. El 15 de febrero del 2003 se realizaba una manifestación global, en decenas de ciudades, que contra la guerra en Irak movilizaba a 100 millones de personas. Al día siguiente podía leerse en un titular del New York Times: “Una nueva superpotencia ha nacido: la opinión pública global”. Pero los cuerpos movilizados no son sólo “opinión” mediática, son también acción, y su acción no se limitó a tal día. Lo que estaba naciendo era un nuevo sujeto global, tremendamente plural, múltiple, ambivalente e incluso contradictorio. Esta carne monstruosa es lo que llamamos la Multitud. Es la misma que durante este tiempo se ha levantado contra la neoliberalización de la universidad, tanto en las luchas contra la LOU, como contra el Contrato de Primer Empleo francés, o contra el Plan Bolonia. Es en este mismo proceso que en América del Sur, uno de los principales laboratorios del neoliberalismo, se han levantado las multitudes indigenistas y piqueteras poniendo en jaque el proyecto neoliberal.
Por multitud entendemos un sujeto político anómalo. Durante la modernidad el sujeto se pensó en términos de unidad y coherencia: el Pueblo, la Voluntad General y el Soberano, el proletariado moldeado coherentemente por la vanguardia y unificado por el Estado. En los albores del pensamiento político moderno Spinoza contraponía el concepto hobbesiano de Pueblo al concepto largamente denigrado de la Multitud. El Pueblo es ese cuerpo político que puede ser reducido al Uno mediante el acto de la representación (en el soberano, en la Voluntad General, etc.). La Multitud, por el contrario, formaba su común sin pasar por la reducción. Si en el pensamiento político de Hobbes el estado debía unificar los intereses contradictorios de los muchos, y si en el pensamiento de Hegel debía hacerlo canalizando la reducción unitaria de la multiplicidad hacia el estado pasando por el filtro de las instituciones de la sociedad civil, en la política de movimiento de la multitud se afirma la democracia en la multiplicidad. Esta democracia se torna así expresiva, subvirtiendo los principios unitarios de la representación política. La forma expresiva de la multitud coincide a su vez con la producción de la clase creativa precarizada. Ambas, producción y política, subvierten los distintos encauzamientos de las políticas representativas y capitalistas: se manifiestan como un ejercicio directamente colectivo, expresivo, irreductible a la unidad, que establece como a priori para la producción del común la perseverancia de la multiplicidad. Esto es lo que está en juego en las movilizaciones universitarias. Esta es la posibilidad que vuelven a abrir, y de la cual se puede extraer un nuevo programa, más allá del neoliberalismo y de la nostalgia wellfarista, un reconocimiento de la creatividad y sus captores, y un rechazo de la precarización en tanto que chantaje, que produzca el común más allá y más acá de las instituciones afirmando a la clase ontológica y políticamente creativa como clase sita en el juego de los antagonismos.
[1] Tomo esta fórmula en correspondencia con los análisis de la forma y expresión antagonista desarrollados por el Colectivo Situaciones a propósito de la insurrección que estaba teniendo lugar en Argentina mientras en el Estado Español tenían lugar las movilizaciones contra la LOU. Colectivo Situaciones.. Argentina Apuntes para el nuevo protagonismo social. Virus. Barcelona, 2003.
[2] Chuck Palahniuk. Club de Lucha. El Aleph, Barcelona, 2003. Pags. 170 y 190.
[3] Friedrich Nietzsche. La genealogía de la moral. Tecnos. Madrid, 2007.
[4] Véase, Paolo Virno. Gramática de la multitud. Traficantes de Sueños. Madrid, 2003.
[5] Véase, Antonio Negri y Michael Hardt. Multitud. Guerra y democracia en la era del imperio. Debolsillo. Barcelona, 2006.
[6] Richard Florida. The rise of creative class. Basic Books. New York, 2003.
[7] Michel Foucault. Nacimiento de la biopolítica. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 2007.
[8] McKenzie Wark. Un manifiesto hacker. Alpha Decay. Barcelona, 2006.
[9] Naomi Klein. No logo. El poder de las marcas. Paidós. Barcelona, 2002.
[10] Alberto Nicola, Venedetto Vecchi y Gigi Roggero. “Contra la clase creativa” en Transform, Producción cultural y prácticas instituyentes. Traficantes de Sueños. Madrid, 2008.
[11] Franco Berardi. La fábrica de la infelicidad. Traficantes de Sueños. Madrid, 2003.
[12] Véase http://www.yomango.net/
[14] Naomi Klein. La doctrina del shock. Paidós. Barcelona, 2007.
[15] Andrea Fumagalli. Bioeconomia e capitalismo cognitivo. Carocci. Roma, 2007
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